Manoblanca: memoria, tango y un buzón emblemático
En Pompeya, una casa convertida en museo guarda objetos, fotografías y recuerdos del barrio, mientras la Orden del Buzón mantiene viva una historia nacida en la esquina de Centenera y Tabaré.
📍 Una casa donde la memoria quedó a la vista
En Tabaré 1371, la historia cotidiana de Pompeya ocupa vitrinas, paredes y rincones. Allí funciona el Museo Manoblanca, dedicado a la memoria del barrio, a Homero Manzi y a quienes fueron construyendo la vida de Buenos Aires desde experiencias muchas veces pequeñas pero significativas.
El museo inició su actividad en 1983 y está organizado en tres salas: Juan Pueblito, Ben Molar y Francisco Gil. También tiene un portal llamado “El alma que canta”, en homenaje a la revista de Vicente Bucchieri, y un patio que lleva el nombre del poeta Alberto Mosquera Montaña.
Su creador y director, Gregorio Plotnicki, reunió durante años objetos antiguos y recuerdos del barrio. En las colecciones aparecen cajas de fósforos, aceiteras, relojes, radios, juguetes, medicamentos, una máquina de escribir Hammond, un bandoneón y ejemplares de una colección de más de treinta buzones alcancías.
Las fotografías tienen un lugar central: registran calles, comercios, la farmacia y los sucesivos puentes Alsina. Las paredes también conservan obras de artistas plásticos, fileteadores y escultores, además de retratos ligados a la historia cultural de Pompeya.
🎶 Manzi y una esquina con identidad propia
La relación con el tango atraviesa la fachada y el entorno del museo. En agosto de 1983, Plotnicki hizo pintar sobre un viejo cartel la letra de Manoblanca, después de reencontrarla en un libro durante un viaje a Mar del Plata.
En la esquina de Centenera y Tabaré se encuentran chapas que identifican la calle, la “Esquina Manoblanca” y a Homero Manzi. Sobre la vereda del museo también hay un busto del poeta y, en la pared, retratos de José Dames, Julián Centeya, Daniel Giribaldi y Sebastián Piana.
La casa tiene además una historia familiar. El 26 de octubre de 1945, la familia de Plotnicki se mudó allí, mucho antes de que el lugar se transformara en museo. Ese pasado doméstico quedó mezclado con las colecciones que luego fueron llenando sus habitaciones.
📮 El buzón que los vecinos lograron recuperar
Frente al museo, el buzón de la esquina fue durante años parte de la vida diaria: allí se encontraban chicos, parejas y vecinos, y hasta se depositaban cartas para los Reyes Magos. Plotnicki conserva fotografías de ese buzón que, según relata, datan del año treinta.
En 1999, trabajadores del Correo Argentino retiraron el buzón. Plotnicki escribió a dos diarios para pedir que fuera restituido y comenzó a recibir apoyos. Dieciséis días después, el buzón regresó a su lugar; primero volvió con la boca tapada y meses más tarde fue habilitado nuevamente para recibir cartas.
Ese episodio terminó dando impulso a otra tradición. Desde 1999, el museo entrega La Orden del Buzón, una distinción inspirada en la Orden del Tornillo creada por Quinquela Martín y en la Orden del Pocillo vinculada al Tortoni.
🏅 De los amigos del barrio a figuras reconocidas
Las primeras entregas estuvieron destinadas a amigos de la infancia y a la llamada barra buzonera. Desde el 2000 comenzaron a recibirla personalidades destacadas, mediante una pequeña reproducción del buzón realizada por el artesano del barrio Pablo Smit.
Hasta 2002 la ceremonia se hizo en el museo y, desde 2003, pasó al café Tortoni. El crecimiento de la convocatoria llevó el acto desde espacios pequeños hasta “La Bodega”, donde la fuente señala una asistencia de trescientas personas.
Entre quienes recibieron la distinción aparecen escritores, poetas, músicos, actores, cantantes, referentes culturales y también cafés porteños. La lista incluye, entre otros, a Horacio Ferrer, Leopoldo Federico, Juan Carlos Copes, Eladia Blázquez, Tita Merello, Ben Molar y Atilio Stampone.
El museo también mantiene un vínculo particular con las escuelas. Plotnicki propone que los docentes preparen previamente a los chicos para entender el lugar que van a visitar y ofrece la partitura de Manoblanca como una forma de acercarlos a esa memoria barrial.
